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¿Qué me pasa, doctor?

Sábado, Julio 26th, 2008

Me encuentro como rara. Ando con la personalidad algo desdoblada. Todo empezó cuando hace unos meses me compré el cartucho “Mi experto en francés” para la Nintendo DS con el fin de refrescar mi vocabulario francés de una forma amena.

La cosa iba muy bien al principio: sin tocar un libro, ni ver una sola peli en versión original, en poco tiempo pasé de tener el vocabulario de un estudiante de secundaria a poseer el de un universitario, en un proceso que hubiera encantado a Sócrates y a todo mayéutico que se precie. Al terminar cada ejercicio siempre había aplausos y bombillas iluminadas para indicar que el resultado era muy bueno y el profesor que había elegido (una especie de Warrick, el guapísimo afroamericano de CSI Las Vegas, pero en versión Francophonie; Isaac Mélissos, para más señas) celebraba mucho mis gestas (nada que ver con las bicicletas con que me obsequiaba de vez en cuando el doctor Kawashima en su Brain Training, en un baremo que va del peatón al cohete, si no me equivoco).  

Como quien no quiere la cosa, sentada en el sofá de noche en noche, sin visitar la Sorbona ni matricularme en ninguna universidad a distancia, seguí avanzando desde la licenciatura hasta el nivel de un periodista y poco después alcancé el de un psicólogo.

Aquí empecé a mosquearme por el agravio comparativo de considerar al psicólogo un peldaño por encima del “plumilla” en la cosa del vocabulario: un periodista que alterne la cobertura de tribunales con temas de economía y tecnología, por ejemplo, necesitará un vocabulario que un psicólogo conductista, pongamos por caso, jamás tendría. Eso me había mosqueado un poco, pero seguí adelante diciéndome que en algún lugar tenían que poner el límite y que probablemente la razón era que la destreza lingüística que hace falta para informar es inferior a la precisa para convencer. Aquello sería cierto si el juego midiese las capacidades lingüísticas generales (escribir, hablar, resumir, analizar, procesar la información recibida, interpretarla) y no únicamente la amplitud y precisión del vocabulario del jugador/alumno, pero en fin, el juego es como es y me apresté a centrarme en pasar de pantalla evitando caer en el corporativismo. El escalón siguiente era el dominio del vocabulario de un juez y suponía nada menos que poseer el 61% del vocabulario de lo que algo llamado Instituto Francés de Lexicografía considera el dominio de la lengua francesa. Cuando estás en este nivel se te han abierto todas las puertas y en cada prueba puedes optar entre un nivel bajo, medio y alto. La cuestión es que llevo unos días en este nivel, estancada en la judicatura francesa y en ese 61% inamovible, por más que se siguen reproduciendo los aplausos y las bombillas y las felicitaciones de mi Warrick afrancesado (“Es lo mejor que has hecho hasta ahora”; “¡Sigue así!”). Cuando voy a la zona de seguimiento de los progresos, después de mostrarme una gráfica ascendente, mi Warrick afrancesado se permite decirme que él sabe que estoy atravesando un mal momento, pero que no me preocupe, que él cree en mí. Ein? No comprendo. ¿Mal momento? Estoy segura de que la judicatura francesa no pasa por su mejor momento en la historia, pero tampoco lo hace la española o la italiana, si a eso vamos. En todo caso, esta experiencia permite sacar conclusiones algo escalofriantes. La mayéutica –y diez años de colegio francés, allá por la prehistoria- te llevan hasta la judicatura francesa en un proceso que tiene mucho de ensueño nebuloso, mientras descubres que sabes cosas que no sabías que supieras, pero de ahí no pasas, a no ser que encuentres la forma de hacerle llegar un jamón a un dibujo animado con aire de cantante funkie que hace llamarse Isaac Mélissos. O a lo mejor es tan sencillo como pasar del modo cauto (modo juez) al modo jugador (gambler) y elegir siempre el nivel alto de dificultad. A lo mejor así consigo que el dibujo animado deje de tratarme con condescendencia en la sección “Ver progresos”, aunque también es posible que el número de bombillas y aplausos empiece a disminuir. Lo que podría llevar a algunos a inferir que el juego quiere mostrar que los focos y los aplausos son incompatibles con altos grados de dominio lingüístico. Conclusión que no parece tan disparatada en el fondo. Pero en fin, ya veremos, dijo un ciego, porque me acaban de regalar el cartucho de “Mi experto en vida sana. ¿Sabes cómo cuidarte?”, con su cuentapasos y todo y creo que me voy a poner a ello. Lo malo es que en esto parto de cero y no hay mayéutica que me ayude a progresar, porque los jueces estamos un poco pez en estas cosas del fitness, al menos en su parte práctica. En fin.
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