Soy una lectora caótica en impulso y bastante analítica en el proceso. Tiendo a leer muchos libros a la vez, especialmente si son de no ficción, porque todas las ideas que encierran me motivan (con las novelas es un poco distinto: nunca me siento inclinada a leer tantas a la vez; las historias piden cierta exclusividad/fidelidad; por otra parte llevo un par de años o más mucho más interesada por el ensayo que por la narrativa) pero ese entusiasmo y esa urgencia inicial no me impiden leerlos en profundidad y con capacidad analítica (o eso espero).
Suelo leer por áreas temáticas. Tengo mis rachas: un mes me apetece mucho psicología y me zambullo en los tipos psicológicos de Brystol-Myers y sus revisores (”¿De qué tipo soy?” Renee Baron); y comunicación no verbal y libros sobre fuerza de voluntad (“Willpower: Rediscovering the Greatest Human Strength” de Baumaster y Tierney) y estilos afectivos (“The five love languages” de Gary Chapman) o Daniel Kahneman (“Thinking, Slow and Fast”), mientras que otro mes lo que me atrae intensamente es la reeducación postural, el fitness, yoga y técnicas de relajación y otro me apetece muchísimo escritura creativa y me sumerjo en libros sobre el argumento y el personaje, títulos con consejos sobre cómo escribir y demás.
Releyendo el párrafo anterior se me ha ocurrido que es difícil establecer si simplemente me atrae un tema ese mes y un libro lleva a otro y el otro al siguiente, a veces vía recomendaciones de Amazon y otras a través de las propias recomendaciones del autor del libro 1. En realidad todo parece una gran conversación con ecos sobre diversas paredes que hacen resonar la voz con un matiz ligeramente distinto. (Y la relación entre los ecos muchas veces no es lineal, por ejemplo, mi última oleada de lecturas sobre psicología la motivó la lectura de “Plot versus Character” (o Argumento frente a personaje, un libro sobre cómo escribir ficción) de Jeff Gerke; en la parte de construcción de psicología del personaje recomienda un par de libros sobre tipos psicológicos que he comprado y que engarzan con otras lecturas previas mías sobre el tema, trazando como una especie de mapa de reverberaciones con recovecos inesperados hacia la derecha y la izquierda).
Y esto me lleva a otra pregunta, el hecho de que haya un único efecto eco o veintitrés (que me quede contenta con dos libros sobre un tema o me sienta impulsada a leer mucho más), ¿de qué depende más, del interés intrínseco que tiene para mí ese tema, o de las recomendaciones de lectura del primer libro o del contenido de “Lectores que han comprado este libro también han considerado interesantes…” en Amazon? ¿o de cómo me haya levantado esa mañana de la cama? Supongo que todo influye pero que es realmente difícil determinar en qué medida.
Con frecuencia me digo a mí misma (habla el hemisferio izquierdo) que este dejarse llevar por el entusiasmo lector y comprar y empezar a leer varios libros a la vez no es una metodología demasiado buena, porque algunos títulos quedan a medio leer en la mesilla o el Kindle (y esto me produce cierta desazón y cierta sensación de no estar haciéndolo como se supone que lo debo hacer) y porque posiblemente lecturas más reposadas, tomando notas y dejando posar lo leído, tendrían mejores resultados (en términos de cerebro izquierdo; a mi cerebro derecho le encanta “picotear”), pero esta metodología mía tiene una ventaja muy buena o en realidad dos.
Por una parte, te permite encontrar -en realidad, propiciar- “coincidencias” afortunadas, como por ejemplo descubrir que el libro “The 90-Day Novel. Unlock the Story Within” de Alan Watt que estás leyendo ahora aplica algo sobre lo que has estado leyendo hace dos días en el libro de Kahneman “Thinking, Slow and Fast”. Kahneman sostiene que hay dos formas básicas de pensar, una intuitiva y rápida y otra lenta y analítica; la primera correspondería grosso modo al hemisferio izquierdo (en realidad a una parte de él, supongo) y la otra, lenta, sería la que nos permite hacer cosas como cálculos complicados y que hace disminuir nuestra energía y nos hace dilatar las pupilas.
Pues bien, el escritor y profesor de escritura creativa Alan Watt sostiene que si le damos a nuestra mente rápida (el subconsciente, el hemisferio derecho) la oportunidad de trabajar a sus anchas durante el tiempo suficiente es mucho más factible escribir una novela (o llevar a buen término cualquier tarea creativa complicada) y que el inconsciente nos transportará y nos garantizará que encontramos un buen conflicto en términos narrativos y un buen tema en términos de contenido a nivel personal. Y una gran satisfacción, sobre todo.
Lo que viene a contar Watt (con un apellido tan energético no me extraña que el tipo tenga fuerza para dar y tomar) es que el Storytelling (contar historias, la imaginación, la creatividad) se basa en el hemisferio derecho y que el típico perfeccionismo o capacidad de análisis del escritor sólo sirve para coartarlo. El perfeccionismo o el pulido debe llegar cuando todo el borrador esté puesto por escrito, es decir el “slow thinking” de Kahneman debería estar calladito hasta que el primer borrador tome cuerpo, porque la mente analítica tiene dos características muy molestas: tiende a censurar todo aquello que no satisface su exigente criterio (para eso le pagan, por otra parte) y consume mucha energía.
Explicado en términos sencillos el “fast thinking” viene a ser el procesador mental que traemos por defecto los humanos, rápido y perfectamente funcional en muchas situaciones (la mayoría si no he entendido mal) y el “slow thinking” sería como un programa compensador, una especie de antivirus destinado a revisar procesos más complejos y determinar si son correctos o no. O mejor, una especie de auditor interno que trabaja lento, lo pone todo un poco patas arriba para investigar y termina presentándonos algunas conclusiones interesantes pero con un coste en tiempo, energía y recursos considerable.
Las coincidencias en mis lecturas no terminan aquí, pero por algún lugar hay que cortar. Seguiremos informando.